Lo visceral y lo académico: dos modos de legitimar la forma, de Boullée y Durand a Gehry y Moneo
En la clase de introducción se presentó una oposición que no es solo estilística: la arquitectura puede nacer de una visión visceral o de una visión académica. La aseveración que quiero probar es que lo visceral y lo académico no describen únicamente dos maneras de dibujar un edificio, sino dos formas distintas de justificar el proyecto y de definir qué se considera valioso en la arquitectura. La primera proposición es que lo visceral —histórico en Boullée y actualizado en clase con Gehry— entiende la arquitectura como una construcción emocional, abierta a la intuición, a la fragmentación y al efecto sublime. La segunda proposición es que lo académico —histórico en Durand y actualizado con Moneo— entiende la arquitectura como un sistema racional que se sostiene en tipologías, modelos, referencias y reglas que deben conocerse. Relacionadas, estas dos proposiciones sostienen la aseveración porque muestran que cada posición no solo produce formas distintas, sino que también decide si el valor del edificio está en lo que se siente o en lo que se puede explicar.
La primera proposición se reconoce en la manera en que Boullée y Gehry trabajan la forma como experiencia antes que como sistema. En clase se insistió en que Boullée buscaba lo emocional y quería alcanzar lo sublime a través de las imágenes arquitectónicas; la escala exagerada de su proyecto para la Biblioteca Nacional no busca simplemente resolver un problema funcional, sino producir una experiencia que va más allá de la comprensión inmediata. Esa misma lógica reaparece en Gehry: se presenta como artista, acepta la improvisación y privilegia el placer de imaginar por encima del placer de entender. El estacionamiento de 1975, el proyecto de Praga con su exageración volumétrica y el laboratorio del MIT muestran cómo la fragmentación y la libertad formal se convierten en parte de su manera de hacer arquitectura. Las formas ondulantes, curvas y libres funcionan como metáforas abiertas: hay tensión entre lo reconocible y lo fantástico, y lo visceral puede ser transgresor precisamente porque no exige que el observador domine un vocabulario académico para comprenderlo. En ese sentido, lo visceral no es simplemente desorden ni una ausencia de reglas; es otra forma de justificar la arquitectura, donde el valor del proyecto nace de la experiencia, la emoción y la capacidad de imaginar nuevas posibilidades.
La segunda proposición se demuestra en el método de Durand y en la práctica de Moneo como figura del académico. Durand, formado en el ambiente de Boullée pero ya profesor de la École Polytechnique, convierte la arquitectura en un sistema de reglas tipológicas con un carácter casi ingenieril: estructuras, circulación, espesores, estilos y combinaciones que buscan ordenar el proyecto mediante un procedimiento racional que pueda enseñarse. Su interés deja de estar en provocar una emoción y pasa a construir un método para proyectar. Moneo ocupa ese mismo lugar en la lectura contemporánea que se hizo en clase: representa la continuidad de la tradición, el conocimiento de los modelos y la importancia de entender la historia antes de intervenir en ella. En la ampliación del Banco de España continúa un vocabulario de 1915-1920; en el laboratorio de Columbia cierra los quads históricos con un muro cortina regular; incluso cuando trabaja una manzana de ensanche, modifica la escala sin romper el orden urbano existente. Lo académico produce una belleza que en clase se describió como artificial o de inculturación. Para comprender plenamente el edificio hay que entrar en un sistema cultural donde la historia, las referencias y la razón forman parte de la obra. En ese contexto, el prólogo que Moneo escribe para el compendio de Durand resulta coherente con esta postura, porque pone en valor una arquitectura que puede estudiarse, enseñarse y transmitirse como parte de una disciplina.
Si se relacionan nuevamente las dos proposiciones con la aseveración inicial, queda claro que el contraste entre lo visceral y lo académico no se reduce a una diferencia de estilos. Boullée y Gehry legitiman el proyecto por la intensidad de la experiencia, la imaginación y la emoción que es capaz de provocar. Durand y Moneo, en cambio, lo legitiman mediante el conocimiento, la historia, la tipología y un orden que puede explicarse y enseñarse. Por eso la introducción del curso no enfrenta únicamente a dos pares de arquitectos; enfrenta dos maneras de entender qué hace valiosa a la arquitectura. Más que escoger una postura sobre la otra, la discusión muestra que toda obra necesita una forma de justificar por qué existe. En unos casos esa justificación nace de la experiencia sensible y, en otros, del conocimiento disciplinar. Esa diferencia en la manera de entender y defender el proyecto es la que abre el resto de las reflexiones del curso.
Referencias:
Boullée, É.-L. Architecture, essai sur l’art.
Durand, J.-N.-L. Précis des leçons d’architecture données à l’École polytechnique. (Edición consultada: Compendio de lecciones de arquitectura, con prólogo de Rafael Moneo).
Moneo, R. Prólogo a Durand, Compendio de lecciones de arquitectura. Madrid: Pronaos.
Joseph Ortiz
Kevin Vera
Daniela Rivera
Mauricio Luengo
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